Gran baile esta noche en el palacio del rey:
el príncipe elegirá a su esposa y la hará su reina.
Cinco son las escogidas, ¿quién será la afortunada?
Todo está listo, las damas han llegado,
pero el príncipe no se mueve, sentado paciente espera.
Falta la última invitada y sin ella no se puede comenzar.
La sofisticada Europa, hastiada, no tiene paz:
¿por qué el príncipe no la elige a ella
la más hermosa, la más preparada, la mejor vestida?
Pero un velo de disfraz no oculta a los ojos penetrantes del príncipe
las arrugas, la corrupción, el engaño del corazón.
Y la bella América no logra olvidar
que ha dejado a la hermana melliza pobre e infeliz
obligada a trabajar también por ella.
¿Alguien se debe sacrificar, no?
¿Y Asia, esa misteriosa dama?
Con sus extraños vestidos y su fascinación oriental
hermosa en lo exterior, pero con un corazón de marginación e injusticia,
¿por qué no es ella la escogida?
Entre las otras sobresale Oceanía bella y disfrutada;
al verla es la imagen de la riqueza y de la despreocupación,
pero su corazón pobre y repleto de lágrimas ya no logra
humedecerle los ojos;
¿por qué el príncipe no la invita a bailar?
Alboroto... las damas se vuelven para mirar,
el príncipe levanta los ojos curiosos.
Ha llegado la última invitada, con retardo, ¡como siempre!
Delante de ellos está una jovencita sucia y harapienta,
pequeña y demacrada, hasta el punto de causar espanto.
"¿Cómo se permite?", exclama Europa con horror;
"¿Quién la invitó?", se pregunta fastidiada América,
"¡Pero miren cuán sucia está!", agregan Asia y Oceanía disgustadas.
El príncipe se levanta finalmente,
de seguro será para expulsar esos harapos piojosos,
piensan las damas presumidas.
Esos ojos enamorados, esa sonrisa tímida y sincera
llegan al corazón del príncipe amado.
Una mano, una caricia, un dulce "¡Te amo, sé mi esposa!".
Sin cuidarse de la mirada de envidia, con el corazón rebosante,
África se deja abrazar y baila con él largo tiempo.
Roberta Pegoraro.